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El destino es un patrón que se repite

El destino es un patrón que se repite.

Si pensamos el destino solo como acontecimientos futuros, la vida se vuelve una espera de lo que aún no ha llegado.

Sin embargo, lo que más se repite en la vida no son los acontecimientos, sino las reacciones. Ante situaciones parecidas nos angustiamos de forma parecida, nos atraen personas parecidas y nos aguantamos o nos alejamos de maneras parecidas.

En los vínculos, esta repetición se muestra con especial claridad.

Repetir una misma relación no significa necesariamente encontrarse con la misma persona. Aunque cambie la persona, pueden volver emociones y roles muy similares. Esperamos otra vez, cedemos otra vez, tragamos otra vez la misma decepción. En algunos vínculos siempre somos los que damos el primer paso; en otros, cuanto más nos acercamos, más rápido nos alejamos.

Esta repetición no se explica solo por gusto o por error. Dentro de ella están la manera en que sentimos seguridad, la manera en que soportamos la ansiedad y las actitudes que aprendimos para ser queridos.

Algunas personas se sienten estables junto a alguien fuerte. Otras se sienten atraídas por quienes las necesitan. Otras se acomodan mejor a los vínculos tensos que a los tranquilos. Lo familiar no es lo mismo que lo cómodo, pero a menudo confundimos una emoción familiar con una emoción cómoda.

Lo que se repite en un vínculo no es solo el carácter del otro. También se repite nuestra reacción frente a esa persona.

¿Por qué espero? ¿Por qué me acomodo demasiado? ¿Por qué me angustio cuanto más me acerco? ¿Por qué me alejo antes de que puedan herirme?

Leer el destino no es conocer un futuro fijo. Se parece más a reconocer con qué corrientes emocionales y relacionales estamos familiarizados.

Conocer un patrón no cambia la vida de un momento a otro. Solo permite que, dentro de la misma escena, respondamos un poco más despacio que antes. Pausamos antes de aferrarnos, miramos antes de alejarnos, y comprendemos que una emoción familiar no es necesariamente una dirección que debamos seguir.

En esa pequeña pausa aparece una elección.

Un vínculo nos hace conocer al otro y, a la vez, vernos a nosotros mismos. La forma en que nos atrae alguien, la ansiedad que sube al acercarnos, la actitud que tomamos ante el conflicto: todo se vuelve pista para entendernos.

El destino puede no estar en un futuro lejano, sino en la forma de vivir que has estado repitiendo.

Cuando sientas que la misma relación vuelve a empezar, puedes preguntarte:

"¿A qué versión de mí misma o de mí mismo estoy volviendo a encontrar en este vínculo?"